Mi escena de película

El año era 1987. Yo estaba haciendo mi servicio social en la librería del gobierno del estado, en Tabasco, en la que además de libros, se vendían discos de música clásica… y uno que otro caset de música pop, y trova. El representante de ventas de una disquera había dejado un vinil con el sencillo más reciente de Daryl Hall, que era la mitad güera de la banda Hall & Oates, muy en boga en los 80s pero recién separados. La rola se llamaba “Foolish Pride” y me encantó. Cuando no estaba la directora de la librería, aprovechaba para quitar cualquier sinfonía que estuviera en ese momento en el tocadiscos y poner a Daryl Hall. Como el tocadiscos estaba conectado al sonido local, la música se escuchaba en todo el lugar. Pero siempre estaba a volumen muy bajo, y la contadora -que era la jefa cuando no estaba la directora- ni siquiera notaba el cambio.
Una de esas tardes en la que acababa de poner el disco tuve una de esas escenas de película: una chava guapísima estaba en la sección de discos. Mientras ella veía los viniles, ya sabes, pasándolos uno a uno con los dedos, se dió cuenta de que se movía al ritmo de la música, mí música, la que yo había puesto. Me le quedé observando como stalker, a lo lejos, mientras ella levantaba la cabeza hacia las bocinas del lugar, como para escuchar mejor… Tenía una sonrisa cautivadora. Pero yo era muy tímido. Lo único que alcancé a hacer fue correr a la parte de atrás de la tienda, donde estaba el tocadiscos, y subirle el volumen a la música, como para darle gusto a esta linda chica, al tiempo que regresaba a observarla.
Lo que siguió fue el típico sonido de rayón de disco de vinil y el regaño de la contadora, que me prohibió categóricamente subirle tanto a la música, y me pidió que volviera a poner música clásica.
Cuando me asomé de nuevo, la chica se había ido, y no la volví a ver, pero cada que podía, ponía de nuevo la canción de Daryl Hall, esperando que apareciera de nuevo, caminando hacia mí en cámara lenta, como en una escena de película.

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Te ví de lejos

Te ví de lejos. Tus pasos pequeños y apresurados hacían parecer que bailabas al avanzar, como si estuvieras escuchando el soundtrack de un musical… Me detuve a observarte y busqué una posición en la que me pudieras ver si acaso volteabas, aunque fuera sólo un poquito. Pero no lo hiciste. Con la escalera eléctrica se fue, de manera gradual, la posibilidad de que me vieras. Y estuvo bien, porque no habría sabido qué decirte.

Te ví de lejos. Cruzabas una avenida con esquinas amorfas, lo que te hizo recorrerlas como si fuera un semicírculo. No te quería gritar porque seguro no contestarías a menos que escucharas tu nombre, y de entre todo lo que quería que escucharas, tu nombre era lo menos importante. Yo no podía ir hacia ti, así que agité mis brazos con la esperanza de que me vieras… hasta que te perdí de vista, pues nunca miraste en mi dirección. Por la hora y la cercanía a tu casa, imaginé que caminabas de regreso del trabajo.

Te ví de lejos. Esperabas en la puerta de un edificio, quizás a que te abrieran, quizás a que saliera alguien. Mirabas al piso, o el movimiento de tus pies, con cara triste. Era la primera vez que te veía desde que no quise volver a verte.

Te ví de lejos. Ibas montada en la ecobici pero te detuviste prácticamente en la puerta de mi casa… que no conocías. Yo me dirigía desde la acera opuesta a esa puerta precisamente, y mientras pensaba en cómo saludarte, me fijé en tu atuendo, que era como el que acostumbrabas 5 años atrás. Pero al acercarme descubrí que no eras tú, y nos cruzamos sin decir palabra.

Mis nuncas y tus siempres

Ya sé que parece que he abandonado una vez más este blog. Aunque no es del todo cierto, y vengo seguido a escribir y desahogarme, he aprendido a no publicar todo lo que escribo, para no convertirlo en una lista de quejas o de historias que puedas atribuir a alguien más.

En la secundaria leí un poema de Neruda que me gustó. Me gustas cuando callas porque estás como ausente… He descubierto que tratándose de tí, no me agrada tu silencio. He descubierto mucho de mí, y algunas cosas de tí. He escrito mails que no han abandonado la bandeja de salida, te he extrañado, he encontrado cosas que me hacen hablar (yo, que normalmente hablo poco), he platicado con personas que me hacen emocionarme (la eterna sospecha), he guardado silencio y respirado profundo, he encontrado sin buscar y admito que también he buscado… quizás lo que más trabajo me ha costado es aceptar que debo dejarte ir y aprender a hacerlo.

Hay una parte de mi mente que me ha boicoteado por años. Tengo recuerdos que no he logrado bloquear y que me llegan en el peor momento. La mayoría de ellos, absurdos a estas alturas de mi vida, pero tan inoportunos como inesperados. Otros recuerdos llegan a medias y me entretengo inventando las partes que faltan… incriminatorias todas ellas ante tu implacable juicio.

Dos historias viejas: Dormíamos juntos pero nunca la ví desnuda. Se levantaba antes que yo y regresaba del baño envuelta en una toalla. Encendía la televisión y mientras yo me bañaba ella se vestía.
Dos días antes la había buscado en google. Hacía años que no pensaba en ella y al no encontrar más que su nombre, me detuve a pensar por qué lo estaba haciendo… y desistí. De ahí mi sorpresa cuando la mujer de verde que minutos antes gritaba en público, ahora me cortaba el paso. Era ella.

Aquí tienes más retazos de información que puedes usar como quieras. El problema, como sabes, es la parte “pública” de mi vida.

P.D. No se si es mala suerte, despecho o el yacomúnenmivida “nadie sabe para quién trabaja”, pero me enoja que aquello en lo que tanto insistí no pase conmigo, sino con alguien más. Tant pis.

Lo que nos hace lo que somos

Me gusta quien soy. En otras épocas me he preguntado quién sería de ser diferente, y en mi crisis de los 30 (que llegó un poco adelantada) tomé un par de decisiones que cambiaron un poco el rumbo, pero inevitable y definitivamente, lo que he vivido anteriormente me hizo quien soy.

Hace un par de horas recordé que cuando era niño, me compraban “cuentitos” los domingos. Así les llamaban mi papá y mi familia paterna, y me refiero a historietas animadas como Archie, Tom y Jerry y hasta Capulina. No recuerdo que existieran los comics como Superman y Batman, pero a lo mejor sólo es mi memoria que me traiciona.
Normalmente esto pasaba rumbo a casa de mis abuelos paternos, de manera que para cuando llegábamos allá, ya habíamos terminado -mi hermano y yo- de leerlos, o ahí mismo los leíamos por completo. Inevitablemente, para la hora en que nos despedíamos, mi padre, mis tíos(as) o mi abuelita nos pedían que dejáramos los cuentitos, porque una familiar tenía un puesto de revistas en dónde los vendía, “y como nosotros ya los habíamos leído”, a esa persona le servían para revenderlos.
No recuerdo mi sentimiento al respecto en ese entonces, pero ahora me parece algo cruel. A pesar de que ahora no tengo resentimientos por aquellos episodios, me pregunto si sería yo otra persona de haber tenido mi colección de cuentitos… algo así podría crear apego, afición, a lo mejor hasta se truncó mi carrera de dibujante (yeah, right!).

Como sea, cada semana los leía, por lo menos dos veces antes de que nos los quitaran, y por muchos años tuve en mi mente esos personajes, y en algún nivel, fueron parte de mi infancia y de lo que viví, y por supuesto, una (muy pequeña) parte que contribuyó a lo que soy ahora.

(Ignoro qué tanto influyó este episodio, pero mi hermano se convirtió en un lector ávido que lo mismo se echaba una historieta, un libro de historia, una revista, o una hoja de periódico que se encontraba tirada en la calle.)

Me gusta quien soy. 🙂

Kick-Ass

Apenas platicaba con W sobre lo que creo era su crisis de los 30 y cómo cambiamos conforme crecemos: cómo a veces nuestros ideales se van alejando de aquello en lo que se va convirtiendo nuestra vida.
Yo también he cambiado, y aunque lo he descubierto poco a poco y la mayoría de las veces conscientemente, a veces me entra la duda de si habría hecho algo diferente hace 10 años. Ejemplo estúpido: veía yo la película que le da título a este post, y en una escena en la que inminentemente explotaría la cabeza de alguien, decidí voltear y no presenciarlo. Y llamo estúpido al ejemplo, porque no tiene nada que ver con mi edad, siempre he evitado en la medida de lo posible este tipo de escenas, en películas o tv, en Internet y en la vida real; siempre ha existido en mí un límite en cuanto a lo gore.
Pero no sólo nuestros ideales cambian, también nuestras costumbres, nuestra alimentación, nuestras reacciones ante lo que ya conocemos, y nuestra posición ante lo que antes no conocíamos del todo… como el amor, o el sexo, por seguir con ejemplos estúpidos.
La película me gustó, pero también me descubrí pensando en que no me gustaría que mi hijo la viera hoy, me gustaría que pasaran algunos años más antes de que lo haga. Eso, por supuesto, no se me habría ocurrido hace 11 años.
Por cierto, el soundtrack es excelente, las escenas lucen más con la música que les escogieron. Muy recomendable.

P.D. Un juego me ha enseñado -o confirmado- que a veces hay que despegarse de lo que está uno haciendo, respirar, hacer otra cosa y luego volver a atacar, quizás de otra manera, quizás con ojos frescos, lo que no podíamos resolver. Y casi siempre, funciona.

El desconfiado y unos cuates

No me gustan las preguntas personales de los desconocidos. Lo malo es que considero “un desconocido” a aquellos que acabo de conocer, y que por normas sociales aceptables, te bombardean con preguntas que, por un lado no quiero contestar y por otro, probablemente sólo hacen por no dejar.

De ahí que tenga arraigada una mala costumbre: contestar cosas absurdas o irreales, y las cercanas a la realidad, a veces no ciertas. A veces lo evito, pero cuando es alguien a quien probablemente no volveré a ver, ni lo pienso.

Esto a veces tiene inconvenientes que me han hecho quedar mal. Por ejemplo, la última vez que tuve una plática con alguien que acababa de conocer, al preguntarme a qué me dedicaba, contesté simplemente “hago podcasts”. No le dí ni pidió más detalles, y su expresión me hizo pensar que no estaba del todo seguro de qué es un podcast, pero me pidió mi teléfono porque “es algo que le podía interesar en el futuro”. Por estar en el multitasking -una parte de mi mente tratando de dilucidar si de verdad sabía qué era un podcast, y la otra inventando un número de celular- no reparé en que lo apuntó en su celular mientras lo estaba yo dictando. Mi celular estaba a la vista, y fué cuando me dijo, “a ver, te marco para que tengas el mío” que terminó mi fallido multitasking. Mi celular nunca sonó, le contestó otra persona y él, entre sacado de onda y enojado, con toda razón, se levantó de ahí y se marchó.

Ahora me pregunto si igual se habría marchado enojado si yo simplemente le hubiera dicho que no quería darle mi número.

A day off

That’s all I need sometimes. And with such wonderful companionship, how not to smile again!
A visit to the museum, lots of talk & laughter, shared music, a movie, even a little geekiness…

Life should be simple. Life is simple, I reckon, and sometimes it’s us who make it complicated, I gotta remember that.

Cada que recuerdo que me lees, me dan ganas de dirigirme a tí, tan sólo porque sé que no sabrías si me dirijo a tí. O a tí. O a tí. 😉
It’s not my business to decide how good you are for me
Hace mucho que no veo ojos rojos en fotos.
Oh no, you won’t.